Hay una historia dentro de las Antigüedades de las Islas Afortunadas de Antonio de Viana que comienza de una manera difícil de olvidar.
Dos jóvenes se enamoran antes de conocerse.
Se llaman Guasimara y Ruymán. Ella es presentada como hija de Beneharo, mencey de Anaga. Él pertenece a la casa de Taoro. Entre ambos no ha habido todavía una conversación ni un encuentro. Lo que ha llegado primero es algo mucho más frágil: un retrato.
Y con él comienza todo.
Conviene hacer una advertencia antes de seguir. No conocemos a Guasimara y Ruymán como conocemos a personajes cuya existencia puede reconstruirse mediante documentación histórica. Pertenecen al universo literario creado por Antonio de Viana en el gran poema que publicó en Sevilla en 1604, donde hechos relacionados con la conquista de Tenerife, tradiciones conservadas sobre el mundo guanche y creación poética aparecen continuamente entrelazados.
Eso obliga a leer su historia como literatura.
No la hace menos interesante.
El rostro de alguien que todavía no está
Viana concede al episodio del retrato una importancia considerable.
Ruymán contempla la imagen de Guasimara y queda prendado de ella. Todavía no conoce a la joven que aparece representada. No sabe cómo habla, cómo se mueve ni qué ocurre cuando su carácter entra en contacto con el de otra persona.
Tiene un rostro.
Lo demás empieza a construirlo él.
Hay algo bastante reconocible en esa reacción, pese a los más de cuatro siglos que nos separan del poema. También nosotros completamos constantemente aquello que desconocemos de los demás. Una fotografía, unas palabras, una impresión fugaz pueden convertirse en el comienzo de una historia mucho mayor de la que realmente contienen.
Ruymán se enamora de Guasimara, pero en ese primer momento se enamora inevitablemente también de aquello que imagina sobre ella.
No hace falta juzgarlo con demasiada severidad.
Los seres humanos seguimos haciendo cosas parecidas.
Dos islas dentro del mismo tiempo
La historia sucede en Tenerife, y eso plantea una pregunta razonable en un espacio dedicado fundamentalmente a La Palma: ¿qué hace Guasimara en SACRUMPALMENSIS?
Más de lo que pudiera parecer.
El mundo en el que Antonio de Viana coloca a sus personajes pertenece al mismo momento histórico que estaba transformando radicalmente La Palma.
Las dos islas fueron las últimas del Archipiélago sometidas durante la conquista realenga. Alonso Fernández de Lugo culminó la conquista de La Palma en 1493 y dirigió después la campaña de Tenerife, que terminaría en 1496.
Apenas unos años separan, por tanto, el final del mundo indígena independiente en una isla y en la otra.
En La Palma permanecía la memoria de Tanausú, señor de Aceró, capturado tras la entrada castellana en la Caldera de Taburiente. En Tenerife, los menceyatos se enfrentaban a sus propias decisiones, alianzas, divisiones y guerras mientras se aproximaba el desenlace de la conquista.
No eran historias idénticas y sería incorrecto presentarlas como tales. Cada isla tuvo su propia sociedad indígena, sus estructuras políticas y una experiencia particular del proceso conquistador.
Pero compartieron aquel tiempo.
Y, sobre todo, compartieron su final.
Cuando leemos hoy el mundo que Viana imaginó alrededor de Guasimara y Ruymán, estamos entrando literariamente en una sociedad situada al borde de una transformación que La Palma acababa de experimentar.
Desde aquí, desde nuestra isla, esa cercanía histórica cambia un poco la lectura.
Anaga y Taoro
En el poema, el retrato de Guasimara no aparece en un vacío.
Las relaciones entre los distintos territorios de Tenerife forman parte del contexto en el que se desarrolla la historia. Guasimara pertenece a Anaga; Ruymán está ligado a Taoro. El acercamiento entre ambos se cruza así con intereses familiares y políticos mucho mayores que ellos.
Viana hace algo muy propio de la literatura de su tiempo: introduce una historia amorosa dentro de acontecimientos colectivos.
Pero al hacerlo consigue también algo que continúa funcionando hoy.
Nos permite mirar un periodo histórico desde abajo.
Las conquistas suelen resumirse con nombres de capitanes, fechas, batallas, pactos y territorios sometidos. Es inevitable. La historia necesita ordenar los acontecimientos.
La literatura puede permitirse otra pregunta.
¿Qué ocurría mientras tanto con las personas?
No sabemos cómo amaban realmente los guanches del siglo XV a partir de Guasimara y Ruymán. Sería un error utilizar el poema como si fuera una descripción etnográfica escrita por un testigo.
Pero Viana sí nos permite observar cómo, un siglo después de la conquista, un autor canario imaginaba aquel pasado y trataba de dotar de emociones, lealtades y conflictos personales a quienes lo habían habitado.
Esa diferencia importa.
Lo que puede hacer un retrato
Un retrato era entonces algo muy distinto de una fotografía actual.
No existía la posibilidad de contemplar decenas de imágenes de una persona antes de conocerla ni de familiarizarse con su rostro mediante una pantalla. Una representación podía tener un peso simbólico extraordinario.
En la historia de Viana, la imagen de Guasimara termina adquiriendo precisamente esa fuerza.
No sustituye a la persona, aunque Ruymán todavía no pueda saberlo.
La anuncia.
El retrato se convierte en una promesa de encuentro y pone en marcha una trama en la que la distancia deja de ser únicamente un inconveniente geográfico.
Hay que buscar al otro.
Y aquí la historia abandona durante un momento su apariencia de relato antiguo.
Porque seguimos sabiendo qué significa eso.
Hay personas cuya existencia conocemos antes de que entren realmente en nuestra vida. A veces llegan primero mediante lo que alguien nos cuenta de ellas. Otras veces mediante una imagen, una carta, una voz o unas pocas palabras.
Después aparece la persona verdadera.
Y entonces descubrimos cuánto había acertado nuestra imaginación.
O cuánto se había equivocado.
Antonio de Viana y la Canarias recordada
Antonio de Viana escribió su poema cuando el mundo que describía llevaba ya más de un siglo desaparecido.
Ese dato condiciona necesariamente nuestra lectura.
No estaba documentando directamente la sociedad guanche. Trabajaba con noticias, tradiciones, materiales históricos y, sobre todo, con las posibilidades de la poesía.
Sus Antigüedades contribuyeron, sin embargo, de manera decisiva a fijar personajes y episodios en la memoria cultural canaria.
Guasimara es uno de ellos.
Con el paso del tiempo ha abandonado incluso los límites del libro. Ha sido reinterpretada desde otros lenguajes y ha seguido apareciendo en el imaginario artístico de las islas.
Quizá sea esa persistencia, más que cualquier discusión sobre su historicidad, lo que merece atención.
Un personaje literario nacido hace más de cuatrocientos años todavía provoca que alguien quiera pintarlo, representarlo, cantarlo o volver a contar su historia.
Eso significa que el relato continúa haciendo su trabajo.
Mirar Tenerife desde La Palma
Hay además algo que resulta difícil ignorar cuando esta historia se lee desde nuestra isla.
Mientras Guasimara y Ruymán pertenecen al Tenerife imaginado por Viana en los años finales del mundo guanche, La Palma conserva sus propias voces procedentes del mismo horizonte histórico.
Tanausú pertenece a nuestra memoria.
Guasimara pertenece principalmente a la literatura.
No son figuras equivalentes ni debemos confundir los planos en los que conocemos a cada una. Pero ambas nos obligan a mirar hacia unas islas que eran radicalmente distintas de las actuales y que, en apenas unos años, atravesaron una transformación irreversible.
La conquista de La Palma precedió inmediatamente a la de Tenerife.
Después vendrían nuevas poblaciones, nuevas instituciones, nuevas creencias y otras formas de organizar el territorio. También comenzarían los procesos, mucho más lentos y difíciles de rastrear, mediante los cuales elementos del mundo indígena sobrevivieron, desaparecieron o terminaron mezclándose con la sociedad surgida después de la conquista.
Entre lo que sabemos con seguridad y lo que la literatura quiso imaginar queda un territorio enorme.
Ahí vive Guasimara.
Y quizá por eso su historia todavía puede viajar de Tenerife a La Palma sin resultar extraña.
Al fin y al cabo, el mar que separa ambas islas nunca consiguió que sus historias dejaran de tocarse.


No hay comentarios:
Publicar un comentario