domingo, 30 de agosto de 2026

Guasimara y Ruymán: enamorarse de un rostro antes de conocerlo

 

 

Hay una historia dentro de las Antigüedades de las Islas Afortunadas de Antonio de Viana que comienza de una manera difícil de olvidar.

Dos jóvenes se enamoran antes de conocerse.

Se llaman Guasimara y Ruymán. Ella es presentada como hija de Beneharo, mencey de Anaga. Él pertenece a la casa de Taoro. Entre ambos no ha habido todavía una conversación ni un encuentro. Lo que ha llegado primero es algo mucho más frágil: un retrato.

Y con él comienza todo.

Conviene hacer una advertencia antes de seguir. No conocemos a Guasimara y Ruymán como conocemos a personajes cuya existencia puede reconstruirse mediante documentación histórica. Pertenecen al universo literario creado por Antonio de Viana en el gran poema que publicó en Sevilla en 1604, donde hechos relacionados con la conquista de Tenerife, tradiciones conservadas sobre el mundo guanche y creación poética aparecen continuamente entrelazados.

Eso obliga a leer su historia como literatura.

No la hace menos interesante.

El rostro de alguien que todavía no está

Viana concede al episodio del retrato una importancia considerable.

Ruymán contempla la imagen de Guasimara y queda prendado de ella. Todavía no conoce a la joven que aparece representada. No sabe cómo habla, cómo se mueve ni qué ocurre cuando su carácter entra en contacto con el de otra persona.

Tiene un rostro.

Lo demás empieza a construirlo él.

Hay algo bastante reconocible en esa reacción, pese a los más de cuatro siglos que nos separan del poema. También nosotros completamos constantemente aquello que desconocemos de los demás. Una fotografía, unas palabras, una impresión fugaz pueden convertirse en el comienzo de una historia mucho mayor de la que realmente contienen.

Ruymán se enamora de Guasimara, pero en ese primer momento se enamora inevitablemente también de aquello que imagina sobre ella.

No hace falta juzgarlo con demasiada severidad.

Los seres humanos seguimos haciendo cosas parecidas.

Dos islas dentro del mismo tiempo

La historia sucede en Tenerife, y eso plantea una pregunta razonable en un espacio dedicado fundamentalmente a La Palma: ¿qué hace Guasimara en SACRUMPALMENSIS?

Más de lo que pudiera parecer.

El mundo en el que Antonio de Viana coloca a sus personajes pertenece al mismo momento histórico que estaba transformando radicalmente La Palma.

Las dos islas fueron las últimas del Archipiélago sometidas durante la conquista realenga. Alonso Fernández de Lugo culminó la conquista de La Palma en 1493 y dirigió después la campaña de Tenerife, que terminaría en 1496.

Apenas unos años separan, por tanto, el final del mundo indígena independiente en una isla y en la otra.

En La Palma permanecía la memoria de Tanausú, señor de Aceró, capturado tras la entrada castellana en la Caldera de Taburiente. En Tenerife, los menceyatos se enfrentaban a sus propias decisiones, alianzas, divisiones y guerras mientras se aproximaba el desenlace de la conquista.

No eran historias idénticas y sería incorrecto presentarlas como tales. Cada isla tuvo su propia sociedad indígena, sus estructuras políticas y una experiencia particular del proceso conquistador.

Pero compartieron aquel tiempo.

Y, sobre todo, compartieron su final.

Cuando leemos hoy el mundo que Viana imaginó alrededor de Guasimara y Ruymán, estamos entrando literariamente en una sociedad situada al borde de una transformación que La Palma acababa de experimentar.

Desde aquí, desde nuestra isla, esa cercanía histórica cambia un poco la lectura.

Anaga y Taoro

En el poema, el retrato de Guasimara no aparece en un vacío.

Las relaciones entre los distintos territorios de Tenerife forman parte del contexto en el que se desarrolla la historia. Guasimara pertenece a Anaga; Ruymán está ligado a Taoro. El acercamiento entre ambos se cruza así con intereses familiares y políticos mucho mayores que ellos.

Viana hace algo muy propio de la literatura de su tiempo: introduce una historia amorosa dentro de acontecimientos colectivos.

Pero al hacerlo consigue también algo que continúa funcionando hoy.

Nos permite mirar un periodo histórico desde abajo.

Las conquistas suelen resumirse con nombres de capitanes, fechas, batallas, pactos y territorios sometidos. Es inevitable. La historia necesita ordenar los acontecimientos.

La literatura puede permitirse otra pregunta.

¿Qué ocurría mientras tanto con las personas?

No sabemos cómo amaban realmente los guanches del siglo XV a partir de Guasimara y Ruymán. Sería un error utilizar el poema como si fuera una descripción etnográfica escrita por un testigo.

Pero Viana sí nos permite observar cómo, un siglo después de la conquista, un autor canario imaginaba aquel pasado y trataba de dotar de emociones, lealtades y conflictos personales a quienes lo habían habitado.

Esa diferencia importa.

Lo que puede hacer un retrato

Un retrato era entonces algo muy distinto de una fotografía actual.

No existía la posibilidad de contemplar decenas de imágenes de una persona antes de conocerla ni de familiarizarse con su rostro mediante una pantalla. Una representación podía tener un peso simbólico extraordinario.

En la historia de Viana, la imagen de Guasimara termina adquiriendo precisamente esa fuerza.

No sustituye a la persona, aunque Ruymán todavía no pueda saberlo.

La anuncia.

El retrato se convierte en una promesa de encuentro y pone en marcha una trama en la que la distancia deja de ser únicamente un inconveniente geográfico.

Hay que buscar al otro.

Y aquí la historia abandona durante un momento su apariencia de relato antiguo.

Porque seguimos sabiendo qué significa eso.

Hay personas cuya existencia conocemos antes de que entren realmente en nuestra vida. A veces llegan primero mediante lo que alguien nos cuenta de ellas. Otras veces mediante una imagen, una carta, una voz o unas pocas palabras.

Después aparece la persona verdadera.

Y entonces descubrimos cuánto había acertado nuestra imaginación.

O cuánto se había equivocado.

Antonio de Viana y la Canarias recordada

Antonio de Viana escribió su poema cuando el mundo que describía llevaba ya más de un siglo desaparecido.

Ese dato condiciona necesariamente nuestra lectura.

No estaba documentando directamente la sociedad guanche. Trabajaba con noticias, tradiciones, materiales históricos y, sobre todo, con las posibilidades de la poesía.

Sus Antigüedades contribuyeron, sin embargo, de manera decisiva a fijar personajes y episodios en la memoria cultural canaria.

Guasimara es uno de ellos.

Con el paso del tiempo ha abandonado incluso los límites del libro. Ha sido reinterpretada desde otros lenguajes y ha seguido apareciendo en el imaginario artístico de las islas.

Quizá sea esa persistencia, más que cualquier discusión sobre su historicidad, lo que merece atención.

Un personaje literario nacido hace más de cuatrocientos años todavía provoca que alguien quiera pintarlo, representarlo, cantarlo o volver a contar su historia.

Eso significa que el relato continúa haciendo su trabajo.

Mirar Tenerife desde La Palma

Hay además algo que resulta difícil ignorar cuando esta historia se lee desde nuestra isla.

Mientras Guasimara y Ruymán pertenecen al Tenerife imaginado por Viana en los años finales del mundo guanche, La Palma conserva sus propias voces procedentes del mismo horizonte histórico.

Tanausú pertenece a nuestra memoria.

Guasimara pertenece principalmente a la literatura.

No son figuras equivalentes ni debemos confundir los planos en los que conocemos a cada una. Pero ambas nos obligan a mirar hacia unas islas que eran radicalmente distintas de las actuales y que, en apenas unos años, atravesaron una transformación irreversible.

La conquista de La Palma precedió inmediatamente a la de Tenerife.

Después vendrían nuevas poblaciones, nuevas instituciones, nuevas creencias y otras formas de organizar el territorio. También comenzarían los procesos, mucho más lentos y difíciles de rastrear, mediante los cuales elementos del mundo indígena sobrevivieron, desaparecieron o terminaron mezclándose con la sociedad surgida después de la conquista.

Entre lo que sabemos con seguridad y lo que la literatura quiso imaginar queda un territorio enorme.

Ahí vive Guasimara.

Y quizá por eso su historia todavía puede viajar de Tenerife a La Palma sin resultar extraña.

Al fin y al cabo, el mar que separa ambas islas nunca consiguió que sus historias dejaran de tocarse.


 



miércoles, 5 de agosto de 2026

Las Nieves en agosto: la Virgen que se convirtió en el corazón de La Palma

 


5 de agosto, cuando el verano alcanza su plenitud y la luz cae casi vertical sobre las laderas de La Palma, la isla celebra a una Virgen cuyo nombre parece pertenecer al invierno.

Nuestra Señora de las Nieves.

No es una contradicción meteorológica, sino el recuerdo de una antigua historia romana: una nevada imposible, una señal trazada sobre la tierra y el deseo de levantar una casa para María. Pero en La Palma aquel nombre adquirido en Roma terminó abrazando volcanes, sequías, barrancos, emigraciones y regresos. La nieve dejó de ser únicamente un prodigio caído del cielo para convertirse en símbolo de protección, pureza y esperanza.

Una nevada en pleno verano romano

La advocación de la Virgen de las Nieves se remonta a una piadosa tradición relacionada con la fundación de la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma.

Según el relato, un matrimonio perteneciente a la nobleza romana, tradicionalmente identificado con el patricio Juan y su esposa, deseaba dedicar sus bienes a una obra agradable a Dios. Durante la noche del 4 al 5 de agosto, la Virgen se habría aparecido en sueños tanto al patricio como al papa Liberio, indicándoles que debían construir un templo en el lugar que ella misma señalaría.

A la mañana siguiente, una parte del monte Esquilino apareció cubierta de nieve.

En pleno agosto romano.

El papa habría marcado sobre aquella superficie blanca el perímetro del futuro santuario, cuya construcción sería financiada por el matrimonio. La tradición es conocida como el milagro de la nieve y explica que la basílica fuera llamada también basílica Liberiana y Santa María de las Nieves. Las fuentes eclesiásticas sitúan el episodio, según distintas versiones, entre los años 352 y 358. No se trata de un acontecimiento históricamente demostrable en todos sus detalles, sino de una tradición devocional que la Iglesia ha conservado vinculada a la dedicación de Santa María la Mayor.

Cada 5 de agosto, la basílica romana vuelve a evocar el prodigio mediante una lluvia de pétalos blancos que desciende desde lo alto del templo. La nieve se transforma así en flores: una belleza frágil que cae sobre los fieles y recuerda que, algunas veces, lo sagrado se anuncia alterando delicadamente el orden de lo previsible.

¿Cómo llegó la Virgen de las Nieves a La Palma?

La historia de la imagen palmera está envuelta en una mezcla de documentación, tradición y leyenda.

La talla venerada en el Real Santuario es una escultura gótica de terracota policromada, atribuida a Lorenzo Mercadante de Bretaña y fechada aproximadamente entre 1460 y 1468. Estas fechas permiten pensar que pudo encontrarse en La Palma antes de la conclusión de la conquista castellana, ocurrida en 1493, aunque no conocemos con certeza cuándo ni cómo llegó a la isla.

La tradición asegura que la imagen ya era conocida por los antiguos habitantes de Benahoare y que recibía veneración en una cueva próxima al emplazamiento actual del santuario. Es una hermosa narración transmitida durante generaciones, pero debe presentarse como tradición y no como un hecho arqueológicamente probado.

La certeza documental aparece más tarde. El 23 de enero de 1507, una data de Alonso Fernández de Lugo menciona expresamente el lugar y la imagen con el nombre de Santa María de las Nieves. En 1517 consta ya la existencia de un templo primitivo y, desde las primeras décadas del siglo XVI, la fiesta de la Virgen se celebraba con especial solemnidad.

La devoción, por tanto, no fue una invención tardía. Creció prácticamente al mismo tiempo que la nueva sociedad insular, acompañando a La Palma desde los años inmediatos a su incorporación a la Corona de Castilla.

La otra nieve: el volcán de San Martín

En la historia palmera existe además otro episodio que parece unir de manera extraordinaria el nombre de la Virgen con la nieve.

En 1646 entró en erupción el volcán de San Martín, en el sur de la isla. Ante la amenaza, la imagen fue trasladada a Santa Cruz de La Palma en rogativa. La tradición del santuario cuenta que el volcán apareció extinguido y que las cumbres amanecieron nevadas.

La memoria popular interpretó aquel hecho como una señal de la intercesión de la Virgen. La antigua nevada de Roma encontraba así una resonancia insular: la Señora de las Nieves volvía a manifestarse, esta vez sobre una tierra de fuego.

La imagen adquiría una fuerza simbólica excepcional. Frente al volcán, la nieve. Frente al fuego, el manto protector. Frente al miedo de una comunidad vulnerable, la certeza de no encontrarse abandonada.

Una Virgen que descendía cuando la isla sufría

El patronazgo de la Virgen de las Nieves no surgió de repente ni puede explicarse únicamente mediante una disposición eclesiástica. Nació de una relación prolongada entre la imagen y el pueblo.

Cuando había sequía, erupciones, enfermedades o cualquier amenaza colectiva, los palmeros acudían a ella. La Virgen no permanecía aislada en su santuario del monte: descendía hasta la ciudad y entraba físicamente en la vida de la comunidad.

En 1676, durante una grave sequía, el obispo Bartolomé García Ximénez dispuso que la imagen fuera llevada en rogativa hasta la parroquia matriz de El Salvador. Conocedor de la profunda devoción que ya despertaba, ordenó que aquella bajada se repitiera cada cinco años a partir de 1680.

Así nacieron las Fiestas Lustrales de la Bajada de la Virgen.

La Bajada acabó convirtiéndose en mucho más que una procesión. Alrededor de ella se desarrolló un universo de música, teatro, danza, artesanía, religiosidad y memoria familiar. El trono de plata, las pandorgas, el Minué, los Acróbatas, el Carro Alegórico, el Diálogo entre el Castillo y la Nave y la Danza de los Enanos forman parte de una celebración en la que lo religioso y lo popular no se excluyen, sino que se iluminan mutuamente.

¿Por qué es la patrona de La Palma?

La Virgen de las Nieves es patrona de La Palma porque durante siglos los habitantes de la isla la reconocieron como protectora en los momentos decisivos de su historia.

Lo fue primero en la experiencia del pueblo: en las rogativas, en las promesas, en los exvotos, en las peregrinaciones y en las lágrimas de quienes acudían a su santuario. El título jurídico vino después.

En 1930, la imagen recibió la coronación canónica mediante una bula del papa Pío XI. Finalmente, el 13 de noviembre de 1952, el papa Pío XII reconoció oficialmente el patronazgo inmemorial de Nuestra Señora de las Nieves y de san Miguel Arcángel sobre toda la isla de La Palma. Por tanto, aunque habitualmente se hable de la Virgen como “la Patrona de La Palma”, el patronazgo oficial es compartido con san Miguel, histórico protector de la isla.

La expresión “patronazgo inmemorial” resulta especialmente significativa. La Iglesia no estaba creando una devoción nueva, sino reconociendo una realidad que ya existía desde hacía siglos.

La madre que convierte una isla en familia

Desde una perspectiva antropológica, la Virgen de las Nieves representa algo difícil de expresar mediante decretos.

Es el punto hacia el que convergen los caminos de la isla.

Cada cinco años, cuando la Virgen abandona su santuario y desciende hacia Santa Cruz de La Palma, también regresan muchos de quienes viven lejos. El desplazamiento de la imagen provoca el movimiento inverso de los hijos ausentes. La Madre baja y los palmeros vuelven.

La geografía se transforma entonces en parentesco.

Los municipios, las familias, las generaciones y las distintas sensibilidades se reconocen dentro de una narración común. Incluso quienes contemplan la celebración desde una perspectiva principalmente cultural perciben que allí existe algo más profundo que un programa de fiestas: una manera colectiva de recordar quiénes somos, de dónde venimos y a quiénes hemos amado.

La Virgen ha contemplado salir barcos cargados de emigrantes y los ha visto regresar convertidos en indianos. Ha escuchado oraciones pronunciadas ante volcanes, sequías y enfermedades. Ha recibido joyas de familias acomodadas y flores humildes llevadas por manos anónimas. Ante ella han rezado quienes se marchaban y quienes permanecían esperando.

Por eso es la patrona.

No solamente porque un documento pontificio lo proclamara, sino porque generaciones enteras de palmeros la habían elegido antes como madre, refugio y representación visible de su esperanza.

La nieve que nunca se derrite

En La Palma, la Virgen de las Nieves no necesita que nieve cada agosto.

Su nombre conserva el recuerdo de aquel blanco imposible que, según la tradición, cubrió el Esquilino. Pero también habla de otra nieve: la que puede apagar el incendio interior, refrescar la tierra sedienta y devolver serenidad cuando la vida parece avanzar entre cenizas.

La nieve del milagro romano desapareció con el sol.

La que los palmeros guardan en la memoria permanece.

Está en el resplandor de la plata, en los pétalos blancos, en el silencio del santuario y en esa emoción difícil de contener cuando la pequeña imagen gótica aparece ante su pueblo.

Entonces La Palma comprende que su Patrona no pertenece únicamente al pasado.

Sigue descendiendo hacia nosotros.

martes, 28 de julio de 2026

Cuando arde España, La Palma recuerda: bajo el amparo de la Virgen de las Nieves y frente al fuego


 

 

España vuelve a mirar estos días hacia sus montes con el corazón encogido. Las llamas han avanzado por campos, pinares y pueblos, obligando a miles de personas a abandonar sus hogares y movilizando un dispositivo extraordinario de bomberos, brigadas forestales, agentes medioambientales, personal sanitario, fuerzas de seguridad, voluntarios y miembros de la Unidad Militar de Emergencias.

La superficie quemada en España durante 2026 supera ya las 170.000 hectáreas. Aunque algunos de los grandes incendios comienzan a estabilizarse, el peligro permanece ante las altas temperaturas, la sequedad del terreno y la llegada de nuevos episodios de calor. 

La Palma contempla esta tragedia nacional con una sensibilidad especial. La Isla Bonita sabe qué significa observar durante la noche cómo el horizonte se vuelve rojo; sabe lo que supone abandonar una casa sin conocer qué quedará de ella al regresar; sabe cómo huele el monte después del fuego y cuánto tarda en desaparecer de la memoria el sonido de los helicópteros.

Pero también sabe algo más: que frente a las llamas un pueblo puede convertirse en una sola comunidad.

Una isla marcada por el fuego

La historia reciente de La Palma está atravesada por algunos incendios forestales que dejaron una huella profunda en su paisaje y en sus habitantes.

En agosto de 2009, un gran incendio afectó a los municipios de Fuencaliente y Villa de Mazo. El fuego obligó a evacuar a miles de vecinos, destruyó viviendas, dañó explotaciones agrícolas y arrasó una extensa superficie de pinar y monte bajo. Aquellas jornadas demostraron la enorme vulnerabilidad de una isla abrupta, surcada por barrancos y con numerosos núcleos de población dispersos junto a zonas forestales.

Siete años después, en agosto de 2016, el incendio iniciado en Jedey se extendió por El Paso, Los Llanos de Aridane, Fuencaliente y Villa de Mazo. Fue una de las emergencias más dolorosas de la historia contemporánea de la isla. Durante las labores de extinción perdió la vida el agente de Medio Ambiente Francisco José Santana Álvarez, Fran Santana.

Su nombre permanece unido para siempre al monte palmero. El Cabildo de La Palma le concedió a título póstumo la Medalla al Mérito Ciudadano y dio su nombre a una pista forestal, reconociendo que murió en acto de servicio mientras defendía la tierra de todos. 

En 2020, el fuego volvió a golpear con fuerza. La Palma registró aquel año 22 emergencias forestales, entre incendios y conatos, que afectaron a más de 1.200 hectáreas. El más grave fue el de Garafía, que obligó a evacuar viviendas y desplegar medios insulares, autonómicos y estatales. 

En julio de 2023, cuando la isla aún trataba de reconstruirse después de la erupción volcánica, comenzó en Puntagorda otro gran incendio. Las llamas se extendieron hacia Tijarafe y El Paso, afectaron a unas 3.310 hectáreas y causaron daños en más de setenta inmuebles, además de tierras de cultivo, infraestructuras y espacios naturales. 

No se trata solamente de los grandes incendios que alcanzan los informativos nacionales. Desde 2016 hasta 2024 se contabilizaron en La Palma 110 incendios y conatos, que afectaron en conjunto a más de 9.000 hectáreas. Jedey, Garafía y Puntagorda fueron los mayores, pero detrás de cada pequeño conato hubo también personas que acudieron con rapidez para impedir que una chispa se convirtiera en catástrofe. 

La Virgen vuelta hacia los montes

Cuando La Palma sufre, sus habitantes han dirigido tradicionalmente la mirada hacia la Virgen de las Nieves.

No como una forma de eludir la responsabilidad humana ni como sustitución del esfuerzo técnico, sino como expresión de confianza, consuelo y esperanza. El creyente pide la ayuda del cielo mientras trabaja con todas sus fuerzas en la tierra.

Durante el incendio de 2016, la procesión de la Virgen de las Nieves estuvo marcada por el luto. La imagen salió con un crespón negro en memoria de Fran Santana. La banda de música guardó silencio y la Virgen fue vuelta hacia los montes como rogativa para que cesara el incendio. Algunos testimonios recordaron entonces la antigua costumbre de colocarle un manto de color rojo o anaranjado cuando el fuego amenazaba la isla. 

Aquel gesto —la Virgen orientada hacia el monte en llamas— condensaba siglos de espiritualidad palmera.

La devoción a Nuestra Señora de las Nieves ha estado históricamente vinculada a las grandes necesidades colectivas. Antes incluso de establecerse la Bajada Lustral, la imagen fue trasladada a Santa Cruz de La Palma en distintas rogativas, especialmente durante las sequías de 1630, 1631 y 1632. 

La tradición recoge también que, durante la erupción del volcán del Charco de 1712, los habitantes del Valle de Aridane invocaron su protección. Las crónicas antiguas empleaban el lenguaje fervoroso de su tiempo y pedían que la Virgen, con la fuerza simbólica de sus nieves, apagara aquel “incendio” y librara a la población del peligro. 

No debe entenderse esta memoria como una explicación científica de los acontecimientos. La fe no convierte la plegaria en una fórmula mágica ni dispensa a nadie de prevenir, limpiar los montes, obedecer las órdenes de evacuación o dotar adecuadamente a los servicios de emergencia.

La rogativa expresa otra realidad: cuando las capacidades humanas parecen llegar al límite, el pueblo creyente pone su miedo, su impotencia y su esperanza en manos de la Madre de Dios.

La Virgen no toma la manguera, no pilota el helicóptero ni abre una pista forestal. Pero quienes lo hacen pueden sentirse acompañados por ella.

Las manos que contienen el fuego

Cada incendio tiene rostros que rara vez aparecen en las fotografías.

Está el brigadista que avanza cargando herramientas por una ladera imposible. El bombero que permanece frente a una lengua de fuego cuando todos los demás deben alejarse. El piloto que realiza una descarga entre humo, turbulencias y barrancos. El agente que recorre casa por casa ordenando una evacuación. El conductor que transporta una cuba de agua. El sanitario que espera junto al puesto de mando. El cocinero que prepara comida para quienes llevan muchas horas trabajando. El vecino que abre su casa a una familia desalojada.

Están también quienes vigilan durante la noche los rescoldos, porque saben que un incendio aparentemente vencido puede volver a levantarse con el viento.

A todos ellos les corresponde el reconocimiento de una sociedad que demasiadas veces solo recuerda su existencia cuando el monte comienza a arder.

No son personajes secundarios de la tragedia. Son la delgada línea que separa el fuego de las viviendas, los cultivos, los animales y las vidas humanas.

Su trabajo exige preparación, disciplina y valentía, pero también renuncia. Mientras la mayoría huye del peligro, ellos caminan hacia él. Mientras las familias se abrazan en los centros de acogida, sus propias familias esperan una llamada que confirme que continúan a salvo.

No hay palabras suficientes para pagar esa entrega.

Fran Santana representa a todos ellos. Su muerte recuerda que la defensa del monte no es una abstracción administrativa. Puede exigir el precio más alto. Recordarlo no debe limitarse a colocar su nombre en una placa. Significa proteger a quienes hoy realizan aquel mismo trabajo, escuchar su experiencia y proporcionarles medios, formación, estabilidad y reconocimiento.

Una plegaria por España

Hoy La Palma puede mirar hacia los pueblos que sufren en Madrid, Ávila, Toledo, Guadalajara, Castellón y otros lugares de España y decirles con verdad: sabemos lo que estáis viviendo.

Sabemos lo que significa marcharse dejando atrás animales, fotografías, recuerdos y una vida construida durante décadas.

Sabemos también que llegará el día del regreso. Que habrá campos negros, paredes derrumbadas y árboles convertidos en esqueletos. Pero sabemos que una comunidad puede reconstruirse cuando permanece unida.

Desde esta isla que ha conocido incendios, volcanes, temporales y sequías, elevamos nuestra plegaria a Nuestra Señora de las Nieves.

Que su mirada maternal se vuelva hoy hacia todos los montes de España.

Que acompañe a las familias desalojadas y consuele a quienes han perdido sus hogares, sus cultivos o sus animales.

Que proteja a los bomberos, brigadistas, agentes forestales, pilotos, militares, policías, guardias civiles, sanitarios, voluntarios y trabajadores públicos que combaten el fuego.

Que sostenga a quienes llevan días sin descansar.

Que reciba a quienes hayan entregado su vida en el cumplimiento de su deber.

Y que nos enseñe que pedir ayuda al cielo nunca puede significar desentendernos de la tierra.

Porque la mejor rogativa será siempre una oración acompañada de responsabilidad; la mejor promesa, cuidar nuestros montes; y el mejor homenaje a quienes extinguen los incendios, evitar con nuestra conducta que tengan que enfrentarse a ellos.

Cuando el fuego amenaza, La Palma mira a la Virgen de las Nieves.

Pero junto a la Virgen contempla también las manos ennegrecidas de quienes luchan contra las llamas.

Y en esas manos cansadas, heridas y valientes reconoce igualmente la respuesta de Dios.