Hay experiencias cotidianas que, sin pretenderlo, nos acercan a los grandes misterios de la existencia. Una de ellas es atravesar el túnel de la Cumbre, en La Palma. Quienes conocemos la isla sabemos que puede ocurrir algo extraordinario. Entramos en el túnel dejando atrás un paisaje cubierto de nubes, una atmósfera gris, húmeda y fría, y salimos al otro lado para encontrarnos con un cielo despejado, una luz espléndida y un sol que parece aguardarnos. Apenas unos instantes separan dos mundos que, siendo el mismo, se nos presentan radicalmente distintos.
Siempre he pensado que ese túnel es una de las imágenes más hermosas que podemos encontrar para comprender, desde la fe, el misterio de la muerte.
Porque la muerte también es un túnel.
Llegamos a su entrada después de recorrer el camino de nuestra existencia. A nuestras espaldas quedan los años vividos, los afectos, los aciertos y equivocaciones, las alegrías y sufrimientos. Quedan las personas que hemos amado, los sueños cumplidos y aquellos que nunca llegaron a realizarse. Todo cuanto hemos sido parece concentrarse en ese instante definitivo en el que ya no podemos continuar por nuestros propios medios.
Y entonces entramos.
Desde este lado de la vida, el túnel de la muerte se nos presenta oscuro. No conocemos su duración ni podemos describir con certeza lo que experimentaremos al atravesarlo. Nos inquieta lo desconocido y nos duele pensar en la separación de quienes amamos. Incluso quienes creemos firmemente en Dios podemos sentir temor ante ese umbral. La fe no nos convierte en seres insensibles ni elimina necesariamente el miedo humano a morir.
Pero el cristiano sabe algo que transforma por completo el significado de ese tránsito: la oscuridad no tiene la última palabra.
Jesucristo no vino simplemente a enseñarnos a resignarnos ante la muerte. Vino a vencerla. La atravesó verdaderamente, descendió hasta lo más profundo de nuestra condición mortal y resucitó, abriendo para nosotros un horizonte que ninguna capacidad humana habría podido conquistar.
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11,25).
Estas palabras no son una metáfora consoladora. Constituyen el corazón mismo de la esperanza cristiana.
Cuando atravesamos el túnel de la Cumbre, la oscuridad no significa que el sol haya desaparecido. El sol continúa brillando aunque nosotros, durante unos instantes, no podamos verlo. Nuestra mirada está limitada por las paredes que nos rodean, pero la realidad es infinitamente mayor que lo que alcanzamos a percibir.
Algo semejante sucede con la muerte. Nuestra experiencia terrena no nos permite contemplar directamente la plenitud de la vida prometida por Dios. Sin embargo, la Resurrección de Cristo nos ofrece el fundamento para confiar en que más allá del último horizonte de nuestra existencia no nos espera la nada, sino Alguien.
Y ese Alguien es el mismo Dios que nos llamó a la vida por amor.
Me gusta imaginar el instante en que el túnel queda atrás. La oscuridad desaparece y, de pronto, todo se ilumina. Ya no hacen falta los faros. Ya no existe aquella sensación de encierro. El paisaje se abre ante nosotros con una amplitud que, apenas unos segundos antes, no podíamos sospechar.
Así imagino, con todas las limitaciones de nuestra imaginación humana, el encuentro definitivo con Dios.
No como una prolongación interminable de esta vida, con sus fatigas y limitaciones, sino como una existencia enteramente transformada. No como el regreso a lo que ya conocemos, sino como el descubrimiento de una plenitud que siempre hemos deseado sin haber podido alcanzarla.
San Pablo escribió que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman» (1 Co 2,9).
No sabemos cómo será esa luz. No conocemos las formas de esa eternidad. Pero sabemos en quién hemos depositado nuestra esperanza.
La tradición cristiana nos enseña también que morir no significa entrar automáticamente en una plenitud que podamos exigir por nuestros méritos. Nuestra salvación es don de la gracia de Dios, que nos llama a responder libremente a su amor. Ante Él comparecerá nuestra vida entera, con su verdad, su fragilidad y sus posibilidades de misericordia. Y confiamos en que su amor purifique cuanto en nosotros todavía necesite ser sanado.
Por eso, la imagen del túnel no pretende explicar todos los misterios del más allá. Nos ayuda, sencillamente, a comprender que morir en Cristo no es caminar hacia la ausencia, sino atravesar el umbral de su presencia definitiva.
En La Palma, la Virgen de las Nieves acompaña desde hace siglos la fe y las esperanzas de generaciones enteras. Bajo su mirada maternal, esta imagen del tránsito adquiere para mí un significado todavía más entrañable. María, que permaneció junto a la cruz de su Hijo, conoce el dolor de la separación. Y María, glorificada junto a Dios, es también signo de la esperanza que nos aguarda.
Por eso, cuando vuelvo a cruzar el túnel de la Cumbre, intento recordar que algún día realizaré otro viaje. No llevaré equipaje. No necesitaré conocer el camino. No podré calcular cuánto queda para llegar. Mi única seguridad será la confianza en Aquel que prometió prepararnos un lugar en la casa del Padre.
Y entonces, cuando termine el trayecto, si por su misericordia alcanzo la vida eterna, comprenderé que aquella oscuridad que tanto temía no era el final del camino.
Era solamente el último paso antes de llegar a casa.
Porque para quien muere en la amistad de Dios, al otro lado del túnel no espera simplemente la luz. Espera la Luz.
Y esa Luz tiene un nombre: Jesucristo.




