Hay amores que no caben en definiciones. Hay fidelidades que no se comprenden desde fuera porque no nacen de un razonamiento, sino de la raíz. Así es el vínculo entre el pueblo de La Palma y su Madre, la Virgen de las Nieves. No es devoción en el sentido habitual. Es herida dulce, es pertenencia, es la certeza invencible de que Ella está y ha estado siempre. En la sombra del barranco, en la flor del retablo, en la lágrima que no se nombra y en la alegría que no se explica.
Cada cinco años —o cada eternidad de espera— la isla se convierte en templo. Todo se transforma: la piedra se hace altar, la danza se vuelve oración, el canto se hace clamor contenido. La Bajada Lustral no es una fiesta: es una epifanía popular, una teofanía doméstica donde Dios se asoma a través de los ojos de su Madre y toca con ternura el corazón de su pueblo.
Los hombres y mujeres de La Palma no la veneran como un símbolo abstracto. La Virgen es una presencia concreta: una figura que ha velado sobre generaciones de partos, de cosechas, de silencios y de guerras. Cuando la Sagrada Imagen desciende por los antiguos caminos reales, no es un traslado: es un regreso. Un volver a los brazos de quien nunca se fue. Y los cuerpos se agolpan, los pañuelos ondean, los balcones lloran, y toda la isla —toda— se postra con la dignidad de quien sabe que lo que llega no es una talla, sino una memoria viva.
En su sillón de viaje, la Virgen no baja sola: con Ella bajan las promesas cumplidas, los hijos que regresan, las cartas que nunca se enviaron, las súplicas secretas. Cada paso es una página escrita con pies descalzos, con música que no desafina porque nace del alma. Cada encuentro es una comunión sin necesidad de misa. Basta con mirarla. Basta con saberla cerca.
El pueblo palmero no necesita explicar su amor por la Virgen. Lo canta con los Enanos, lo danza con los Acróbatas, lo borda en papel con las Pandorgas, lo entona con voces de niños y ancianos. Pero más allá de las formas —que cambian, evolucionan, renacen— lo que permanece es el fuego, esa llama mansa que no abrasa, pero tampoco se apaga. Porque la Virgen es para La Palma como el mar: siempre la misma, siempre distinta, siempre infinita.
Cuando la imagen cruza la Plaza de España y las campanas rompen la tarde, hay un instante donde el mundo parece detenerse. No hay móviles, no hay urgencias, no hay dudas. Solo un pueblo de pie, con el alma desnuda, diciendo con sus ojos lo que la boca no se atreve: “Madre, no tardes tanto”.
Y entonces uno comprende que hay territorios donde el amor no se predica: se celebra. Que hay pueblos que no profesan su fe: la encarnan. Que hay Vírgenes que no son figuras: son hogar.
En La Palma, cada cinco años —y todos los días— la Virgen de las Nieves no baja.
Desciende el cielo.
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