martes, 8 de julio de 2025

La teología de la Bajada

 
 
Hay gestos que conmueven por su belleza. Otros, por su misterio. Pero hay gestos —pocos— que conmueven porque revelan el corazón mismo de Dios. La Bajada de la Virgen de las Nieves, en la isla de La Palma, pertenece a ese orden secreto donde lo popular se hace teológico y lo festivo se torna sacramento de lo invisible.

No es sólo una imagen que baja del monte. Es un signo que desvela la verdad profunda de la fe cristiana: Dios no se queda donde está. Dios desciende. Y lo hace por medio de María, figura materna, puente, monte florido, aurora que abre paso a la Encarnación.

La geografía como parábola

Desde el Santuario en la montaña —refugio de la Virgen durante el lustro— hasta el centro vital de la ciudad, la Bajada dibuja una parábola geográfica que encierra una parábola espiritual.
Es el cielo que se inclina. La altura que se entrega. La gloria que elige tocar tierra.

El gesto físico de bajar la imagen no es decorativo: es performativo. Hace visible lo que Dios hace en cada página del Evangelio: se abaja, se inclina, se pone en camino. “Ha mirado la humildad de su esclava…” (Lc 1,48). Desde esa mirada hacia abajo comienza toda historia de salvación.

Memoria de la Visitación

Cada Bajada es, en cierto modo, una recreación simbólica del misterio de la Visitación. María, al saber que su prima Isabel está encinta, “se puso en camino de prisa a la montaña” (Lc 1,39). La Virgen palmera hace lo mismo: desciende en busca del pueblo, de sus hijos, de aquellos que la esperan con júbilo y con sed.

La isla, entonces, se convierte en un nuevo Ain Karem. El pueblo, como Isabel, reconoce su llegada con alegría incontenible. Y la imagen, cargada sobre hombros, pasa casa por casa, calle por calle, como si el Magnificat se hiciera carne una vez más, cantado con pañuelos, con danzas, con lágrimas.

La humildad que baja primero

La teología cristiana no pone a Dios arriba como inaccesible, sino como Altísimo que se hace humilde. Y la Bajada recuerda que la santidad no es ascensión orgullosa, sino descenso amoroso.

María baja porque es la primera en aprender a abajarse. Su fiat no fue un sí hacia la altura, sino un sí hacia la entrega. Por eso es figura de la Iglesia: porque no se impone, sino que se inclina; no conquista, sino que visita; no domina, sino que acoge.

En cada palmero que prepara balcones, arregla altares o ensaya una danza, hay una respuesta a esa humildad que baja primero. La Virgen no viene a ser adorada: viene a estar con su pueblo, a compartir la vida concreta, las casas reales, el polvo de las calles. Por eso se la recibe como a una madre que regresa, no como a una reina lejana.

El tiempo que se dobla

La Bajada se repite cada cinco años, y sin embargo, no hay dos iguales. Porque no se trata de repetir un rito, sino de dejarse tocar de nuevo por su sentido. El tiempo litúrgico, que no es circular sino espiral, hace que cada Bajada hable distinto: a veces consuela, otras remueve, otras renueva.

Es como si Dios dijera: “no olvides que Yo bajo hasta ti, y que Mi Madre viene contigo en el camino.

Un dogma en movimiento

A través de esta fiesta única, La Palma ha sabido incorporar a su cultura un dogma viviente: que María no es una figura estática, sino una presencia dinámica, caminante, viva. La Bajada no es folclore, aunque florezca en lo popular; ni es solo devoción, aunque nazca de la fe.
Es una catequesis en movimiento, una mariología que se baila, se canta, se borda y se levanta en andas.

Cada cinco años, la Virgen baja. Y el pueblo se eleva.

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