Es el entramado de mujeres que, desde los bastidores de la historia, han sostenido con delicadeza y firmeza una de las tradiciones más bellas del Atlántico.
No son figurantes: son fundamento. Y su presencia, aunque a menudo omitida de los discursos oficiales, late con fuerza en cada pliegue del manto, en cada bordado, en cada ensayo y en cada lágrima que baja por las calles empedradas de Santa Cruz de La Palm
Detrás de los trajes que visten a la Virgen, a sus danzarines y a sus heraldos, hay agujas que han bordado letanías con hilo de oro.
Las mujeres bordadoras de La Palma —muchas veces sin nombre en los programas— han creado verdaderas catequesis visuales. Cada puntada suya es un acto de oración. Cada encaje, una meditación sobre el misterio.
Ellas no sólo visten la imagen: le dan carne simbólica, le ofrecen abrigo de amor y silencio.
En las Danzas Romeras, en las comparsas, en las callejuelas donde suena el tajaraste, ellas danzan con los pies y con la memoria.
Muchas han sido niñas que aprendieron de sus madres, y hoy enseñan a otras a deslizar los pasos como quien enseña un modo de habitar la historia.
La mujer danzante no solo ejecuta coreografías: celebra una identidad, transmite una gracia antigua que aún sabe sonar.
Sin ellas no habría horarios, ni listas, ni ensayos, ni meriendas comunitarias, ni mantillas en su sitio, ni logística que sostenga una tradición tan compleja.
Son las que saben quién falta, qué falta, cuándo falta. Son las que hacen llamadas, llevan bolsas, atan cintas, calman ánimos.
Su eficiencia es discreta, pero su impacto, descomunal.
Podría decirse que la Bajada ocurre gracias a quienes logran que “todo esté como debe estar”... sin que nadie note cómo ha ocurrido.
Aunque históricamente los créditos musicales han estado dominados por nombres masculinos, cada vez más mujeres componen, armonizan, dirigen coros o escriben letras para la Virgen.
Pero incluso antes de esa visibilidad creativa, ya componían silencios sagrados desde el cuidado, desde la intimidad, desde la preparación de lo que nadie ve.
Son ellas quienes, sin partitura, saben cuándo la emoción sube medio tono o cuándo la devoción cae en pianissimo.
Ellas afinan la atmósfera.
La devoción a la Virgen no llega sola: se enseña, se cuenta, se canta, se susurra en la cocina o en la cuna.
Las mujeres han sido —y siguen siendo— las principales transmisoras de la fe popular en la Bajada.
Una abuela que habla de su promesa. Una madre que borda un pañuelo con lágrimas. Una catequista que explica por qué María baja.
Así se enciende el fuego que no muere, porque no se impone: se ofrece.
Cuando la Virgen baja, lleva una corona visible. Brilla, pesa, emociona.
Pero hay otra corona más honda: la que le han trenzado las mujeres palmeras con su constancia, su ternura, su entrega sin espectáculo.
No hay Bajada sin ellas.
Porque ellas la sueñan, la preparan, la cuidan, la danzan y la heredan.
Cada vez que la Virgen cruza las calles, no va sola.
Va sostenida por una legión de manos calladas,
por las que están y por las que estuvieron,
por las que hicieron del servicio un arte y del amor, una herencia.

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