viernes, 21 de marzo de 2025

La Palma no se contempla, se venera

 


Como si cada volcán guardara un secreto milenario y cada estrella, una oración encendida en lo alto, la isla se despliega no solo ante los ojos, sino ante el alma.

Entre playas de silencio y valles que murmuran leyendas, late un corazón sacro que el tiempo no ha logrado apagar. El Sirinoque, con su ritmo antiguo, aún despierta la tierra; los Enanos, en su danza imposible, siguen recordando que lo sagrado también sabe reír.

Sus pueblos, templos y caminos de piedra susurran historias que no están escritas, pero que viven en la piel de quienes rezan, cantan o simplemente recuerdan. En cada talco de Los Indianos, en cada costilla con papas y piñas, en cada hebra de seda hilada con manos pacientes, se manifiesta el alma de un pueblo que ha sabido custodiar su esencia.

Y sobre todo esto, el cielo. Ese cielo inmenso que ha guiado pastores y navegantes, y que hoy, con humildad de siglos, invita a mirar más allá de lo visible.

La Palma no es solo un lugar.

Es un canto antiguo, una oración de piedra, fuego y viento.
Una isla que no se olvida porque sabe amar con raíces y con estrellas.


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