Entre playas de silencio y valles que murmuran leyendas, late un corazón sacro que el tiempo no ha logrado apagar. El Sirinoque, con su ritmo antiguo, aún despierta la tierra; los Enanos, en su danza imposible, siguen recordando que lo sagrado también sabe reír.
Sus pueblos, templos y caminos de piedra susurran historias que no están escritas, pero que viven en la piel de quienes rezan, cantan o simplemente recuerdan. En cada talco de Los Indianos, en cada costilla con papas y piñas, en cada hebra de seda hilada con manos pacientes, se manifiesta el alma de un pueblo que ha sabido custodiar su esencia.
Y sobre todo esto, el cielo. Ese cielo inmenso que ha guiado pastores y navegantes, y que hoy, con humildad de siglos, invita a mirar más allá de lo visible.
La Palma no es solo un lugar.
Es un canto antiguo, una oración de piedra, fuego y viento.
Una isla que no se olvida porque sabe amar con raíces y con estrellas.
