miércoles, 4 de junio de 2025

Virgen de las Angustias

 "Duerme, mi niño"

Duerme mi niño ,
duerme mi bien,
como en mis entrañas
como en Belén.

No quiero ver que esta rota tu piel
que traspasaron tus manos y pies
Que el hierro cruel partió el corazón 
que el dulce amor derramó

Ay
 
Angustias arriba hay un vergel
paseemos Jesús como en Nazaret
Será Taburiente tu catedral
el oro del sol y la plata lunar

Ustedes que por el camino pasais 
díganme si hay dolor como el que contemplais
Ustedes que saben muy bien del amor
díganme si hay amor como Su amor

yo que a la cruz subiera por El
 a su sepulcro iré 

Angustias arriba hay un vergel
paseemos Jesús como en Nazaret
Será Taburiente tu catedral
el oro del sol y la plata lunar

Más súbita luz la tiniebla rasgó 
Oigo su voz es el ángel de Dios
Escucha mi bien suena un clamor,
como una alegra canción ,
que anuncia Tu resurrección 
Dice que el Rey el Señor
volverá vencedor de la muerte. 

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María no alzó la voz ni huyó del Gólgota. Estuvo allí, en pie, con el alma desgarrada y el corazón abierto, contemplando el tormento de su Hijo. Su dolor no fue rebelión, sino amor silencioso, ofrecido como altar.

No compartió los clavos, pero sí la herida. La espada anunciada por Simeón atravesó su interior con cada espina, con cada suspiro de Jesús. No buscó consuelo humano, sino que permaneció fiel, transformando el sufrimiento en oración callada.

En ese dolor, no vencido sino asumido, María nos fue dada como Madre. Desde su angustia brotó esperanza, desde su llanto, consuelo. Su dolor no fue inútil: fue camino de redención, fecundado por el amor.

Quien mira a María junto a la Cruz aprende que el sufrimiento, unido a Dios, puede redimir y sostener. Que hay una forma santa de dolerse: la que no maldice, sino confía. La que no exige, sino ama hasta el extremo.

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En el fondo del Barranco de las Angustias, allí donde la isla de La Palma se vuelve abrupta y majestuosa, se alza una pequeña iglesia que parece abrazada por la montaña. En su interior, la Virgen de las Angustias —una escultura de origen flamenco— recibe desde hace más de cinco siglos la veneración de un pueblo que ha depositado en Ella sus temores, sus súplicas y su gratitud.

🌿 Una talla llegada del norte de Europa

Se cree que la imagen llegó a La Palma a comienzos del siglo XVI, posiblemente gracias a comerciantes procedentes de Flandes, en un tiempo en que las rutas marítimas traían no solo mercancías, sino también arte sacro. La talla representa a la Virgen María en su dolor más íntimo: sosteniendo el cuerpo inerte de su Hijo. Su delicadeza y expresividad revelan la mano de un escultor formado en la sensibilidad gótica nórdica.

Algunas versiones apuntan incluso a que la imagen fue salvada de las persecuciones iconoclastas y llevada a la isla como refugio seguro. Aunque esta teoría no puede confirmarse con certeza, añade una nota de dramatismo y rescate providencial a su historia.

🏛️ De capilla privada a santuario del pueblo

La primera ermita fue erigida por los propietarios de la Hacienda de Tazacorte, entre ellos una influyente familia de origen centroeuropeo, los Gronenberg. Al principio fue oratorio privado, pero pronto el fervor popular impulsó su apertura al culto público. Con el paso de los siglos, el edificio fue reconstruido y ampliado, hasta alcanzar su configuración actual, de estilo sobrio y con un retablo barroco que enmarca la venerada imagen.

📿 Una devoción que atraviesa generaciones

Cada 15 de agosto, la imagen abandona su santuario para ser llevada en procesión hasta el Calvario, acompañada por una multitud de fieles. Ocho días después, se celebra la "octava", con una nueva procesión que rodea el templo y llena de cantos y promesas el corazón del barranco.

A lo largo de la historia, en tiempos de sequía, epidemias o calamidades, la Virgen ha sido invocada como intercesora, y no pocas veces ha sido trasladada en rogativas hasta el centro de Los Llanos de Aridane.

👑 Coronación de una madre silenciosa

El 14 de abril de 2013, la Virgen de las Angustias fue solemnemente coronada, reconociendo así su profundo arraigo en el alma palmera. La corona, elaborada en La Laguna, fue una ofrenda de amor anónimo. Desde entonces, la imagen luce ese símbolo no como un adorno, sino como un signo de cercanía maternal y realeza espiritual.

Quien se adentra en el barranco y cruza el umbral del santuario, siente que ha entrado en un espacio fuera del tiempo. Allí, la Virgen no habla, pero consuela. No promete, pero acompaña. No exige, pero espera. Y esa espera suya, serena y firme, es lo que ha sostenido durante siglos a quienes buscan sentido en medio de las angustias de la vida.

 

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