En una época de crisis personal, cuando el bullicio de París se volvía insoportable y el alma pedía refugio, el compositor Camille Saint-Saëns encontró en las Islas Canarias algo más que sol y clima benigno: halló silencio, inspiración y acogida. Así nació, entre otros frutos, una pieza delicada y singular: el Vals canariote, Op. 88.
Corría abril de 1890. Saint-Saëns, que había perdido a su madre poco tiempo atrás y acababa de estrenar su ópera Ascaniocon más tensión que éxito, viajó a Las Palmas de Gran Canaria bajo el seudónimo de Charles Sannois. Se hacía pasar por comisionista: no quería ser reconocido. Buscaba escapar, no ser compositor, no ser figura pública… solo ser hombre.
Pero el anonimato le duró poco. Una fotografía en la prensa local lo delató, y el secreto se deshizo como arena entre los dedos. Lejos de molestarse, Saint-Saëns abrazó con elegancia el entusiasmo de los isleños, y se integró con naturalidad en la vida cultural de la ciudad. Participó en conciertos benéficos, dio recitales, y, lo más importante: compuso.
El Vals canariote fue un gesto de afecto. Una dedicatoria musical a la joven pianista grancanaria Candelaria Navarro Cigala, a quien admiraba profundamente. La pieza, breve y luminosa, refleja algo del ambiente cálido y refinado que encontró en Las Palmas. No es un vals francés al uso, sino una pieza con acento insular, escrita con la gratitud de quien se siente en casa lejos de casa.
Pero no fue esta la única obra que Saint-Saëns escribió inspirado por Canarias. En sus sucesivas estancias, que se extendieron entre 1889 y 1909, dejó composiciones como Les Cloches de Las Palmas, y un puñado de recuerdos indelebles. De hecho, en el año 1900 fue nombrado Hijo Adoptivo de Las Palmas, y más adelante, presidente honorario de la Sociedad Filarmónica de la ciudad.
¿Qué buscaba Saint-Saëns en Canarias? Más allá del clima saludable para su cuerpo frágil, encontraba en las islas una suerte de retiro espiritual. Una pausa frente al vértigo de la vida moderna. En sus cartas, menciona el silencio, la claridad, la calma… virtudes escasas en el París de fin de siglo. Allí, en el Atlántico, el maestro no solo curó sus pulmones: también sanó su alma.
Así, el Vals canariote no es solo una pieza más de su catálogo. Es una memoria cifrada. Un agradecimiento danzado. Una melodía que recuerda que incluso los grandes genios necesitan, alguna vez, perderse… para volver a encontrarse.
Juan Cavallé reinterpreta esta historia con su "Vals canarión", que puedes escuchar en el siguiente link:

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