Estos trajes, cargados de significado y belleza escénica, no son simples vestimentas. Formaron parte de dos obras emblemáticas: Imawaden y Las Tentaciones de don Antonio de Orbarán, piezas dramáticas en las que se recrean con fuerza escénica las eternas luchas del espíritu humano: el bien y el mal, la luz y las sombras, el combate entre lo celestial y lo tentadoramente mundano. La presencia de San Miguel, el arcángel guerrero, frente al demonio, es más que una alegoría: es un eco litúrgico que resuena en lo más profundo del alma palmera.
La Proclama de las Danzas acoge con teatralidad ritual esta confrontación entre el bien y el mal, convertida en danza, en música, en cuerpo en movimiento. San Miguel, con su espada alzada y su coraza luminosa, representa la fidelidad a Dios, el coraje que vence la tentación, la firmeza de quien se niega a inclinarse ante el caos. El demonio, con su teatralidad provocadora, encarna las muchas máscaras de la soberbia y la perdición. Ambos, en escena, no son personajes: son principios universales convertidos en cuerpo, en gesto, en mirada.
Los trajes que dieron vida a estos personajes fueron concebidos con una sensibilidad artística admirable. Su confección, colorido y fuerza simbólica ayudaron a elevar la representación al rango de arte sacro popular. No fue teatro, fue liturgia dramatizada. Por ello, su donación a la ciudad no es un simple traspaso de utilería escénica: es una entrega solemne de memoria viva, un acto de ofrenda que vincula el arte con la fe, el artefacto con el misterio.
Santa Cruz los acoge como se acoge una reliquia cultural
Estos trajes se integran ahora en el relato compartido de un pueblo que no solo representa, sino que vive la tradición. La Bajada de la Virgen no es una fiesta más: es el latido ritual de La Palma, un modo de reafirmar su identidad frente a la modernidad líquida. Y en ese latido, la figura de San Miguel —capitán de los ejércitos celestes— nos recuerda que la lucha por el bien no ha dejado de librarse nunca… también hoy, también aquí.
La entrega de estos trajes para formar parte del patrimonio de la ciudad simboliza una voluntad colectiva: preservar la memoria de lo sagrado y lo bello. Custodiar los símbolos. Proteger lo que nos constituye. Aplaudir no sólo el arte que se muestra, sino la fe que lo inspira.
Así, entre las danzas, las tentaciones y los signos del cielo, La Bajada sigue viva. Y con gestos como este, Santa Cruz de La Palma no solo conserva su historia: la dignifica.



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