martes, 28 de julio de 2026

Cuando arde España, La Palma recuerda: bajo el amparo de la Virgen de las Nieves y frente al fuego


 

 

España vuelve a mirar estos días hacia sus montes con el corazón encogido. Las llamas han avanzado por campos, pinares y pueblos, obligando a miles de personas a abandonar sus hogares y movilizando un dispositivo extraordinario de bomberos, brigadas forestales, agentes medioambientales, personal sanitario, fuerzas de seguridad, voluntarios y miembros de la Unidad Militar de Emergencias.

La superficie quemada en España durante 2026 supera ya las 170.000 hectáreas. Aunque algunos de los grandes incendios comienzan a estabilizarse, el peligro permanece ante las altas temperaturas, la sequedad del terreno y la llegada de nuevos episodios de calor. 

La Palma contempla esta tragedia nacional con una sensibilidad especial. La Isla Bonita sabe qué significa observar durante la noche cómo el horizonte se vuelve rojo; sabe lo que supone abandonar una casa sin conocer qué quedará de ella al regresar; sabe cómo huele el monte después del fuego y cuánto tarda en desaparecer de la memoria el sonido de los helicópteros.

Pero también sabe algo más: que frente a las llamas un pueblo puede convertirse en una sola comunidad.

Una isla marcada por el fuego

La historia reciente de La Palma está atravesada por algunos incendios forestales que dejaron una huella profunda en su paisaje y en sus habitantes.

En agosto de 2009, un gran incendio afectó a los municipios de Fuencaliente y Villa de Mazo. El fuego obligó a evacuar a miles de vecinos, destruyó viviendas, dañó explotaciones agrícolas y arrasó una extensa superficie de pinar y monte bajo. Aquellas jornadas demostraron la enorme vulnerabilidad de una isla abrupta, surcada por barrancos y con numerosos núcleos de población dispersos junto a zonas forestales.

Siete años después, en agosto de 2016, el incendio iniciado en Jedey se extendió por El Paso, Los Llanos de Aridane, Fuencaliente y Villa de Mazo. Fue una de las emergencias más dolorosas de la historia contemporánea de la isla. Durante las labores de extinción perdió la vida el agente de Medio Ambiente Francisco José Santana Álvarez, Fran Santana.

Su nombre permanece unido para siempre al monte palmero. El Cabildo de La Palma le concedió a título póstumo la Medalla al Mérito Ciudadano y dio su nombre a una pista forestal, reconociendo que murió en acto de servicio mientras defendía la tierra de todos. 

En 2020, el fuego volvió a golpear con fuerza. La Palma registró aquel año 22 emergencias forestales, entre incendios y conatos, que afectaron a más de 1.200 hectáreas. El más grave fue el de Garafía, que obligó a evacuar viviendas y desplegar medios insulares, autonómicos y estatales. 

En julio de 2023, cuando la isla aún trataba de reconstruirse después de la erupción volcánica, comenzó en Puntagorda otro gran incendio. Las llamas se extendieron hacia Tijarafe y El Paso, afectaron a unas 3.310 hectáreas y causaron daños en más de setenta inmuebles, además de tierras de cultivo, infraestructuras y espacios naturales. 

No se trata solamente de los grandes incendios que alcanzan los informativos nacionales. Desde 2016 hasta 2024 se contabilizaron en La Palma 110 incendios y conatos, que afectaron en conjunto a más de 9.000 hectáreas. Jedey, Garafía y Puntagorda fueron los mayores, pero detrás de cada pequeño conato hubo también personas que acudieron con rapidez para impedir que una chispa se convirtiera en catástrofe. 

La Virgen vuelta hacia los montes

Cuando La Palma sufre, sus habitantes han dirigido tradicionalmente la mirada hacia la Virgen de las Nieves.

No como una forma de eludir la responsabilidad humana ni como sustitución del esfuerzo técnico, sino como expresión de confianza, consuelo y esperanza. El creyente pide la ayuda del cielo mientras trabaja con todas sus fuerzas en la tierra.

Durante el incendio de 2016, la procesión de la Virgen de las Nieves estuvo marcada por el luto. La imagen salió con un crespón negro en memoria de Fran Santana. La banda de música guardó silencio y la Virgen fue vuelta hacia los montes como rogativa para que cesara el incendio. Algunos testimonios recordaron entonces la antigua costumbre de colocarle un manto de color rojo o anaranjado cuando el fuego amenazaba la isla. 

Aquel gesto —la Virgen orientada hacia el monte en llamas— condensaba siglos de espiritualidad palmera.

La devoción a Nuestra Señora de las Nieves ha estado históricamente vinculada a las grandes necesidades colectivas. Antes incluso de establecerse la Bajada Lustral, la imagen fue trasladada a Santa Cruz de La Palma en distintas rogativas, especialmente durante las sequías de 1630, 1631 y 1632. 

La tradición recoge también que, durante la erupción del volcán del Charco de 1712, los habitantes del Valle de Aridane invocaron su protección. Las crónicas antiguas empleaban el lenguaje fervoroso de su tiempo y pedían que la Virgen, con la fuerza simbólica de sus nieves, apagara aquel “incendio” y librara a la población del peligro. 

No debe entenderse esta memoria como una explicación científica de los acontecimientos. La fe no convierte la plegaria en una fórmula mágica ni dispensa a nadie de prevenir, limpiar los montes, obedecer las órdenes de evacuación o dotar adecuadamente a los servicios de emergencia.

La rogativa expresa otra realidad: cuando las capacidades humanas parecen llegar al límite, el pueblo creyente pone su miedo, su impotencia y su esperanza en manos de la Madre de Dios.

La Virgen no toma la manguera, no pilota el helicóptero ni abre una pista forestal. Pero quienes lo hacen pueden sentirse acompañados por ella.

Las manos que contienen el fuego

Cada incendio tiene rostros que rara vez aparecen en las fotografías.

Está el brigadista que avanza cargando herramientas por una ladera imposible. El bombero que permanece frente a una lengua de fuego cuando todos los demás deben alejarse. El piloto que realiza una descarga entre humo, turbulencias y barrancos. El agente que recorre casa por casa ordenando una evacuación. El conductor que transporta una cuba de agua. El sanitario que espera junto al puesto de mando. El cocinero que prepara comida para quienes llevan muchas horas trabajando. El vecino que abre su casa a una familia desalojada.

Están también quienes vigilan durante la noche los rescoldos, porque saben que un incendio aparentemente vencido puede volver a levantarse con el viento.

A todos ellos les corresponde el reconocimiento de una sociedad que demasiadas veces solo recuerda su existencia cuando el monte comienza a arder.

No son personajes secundarios de la tragedia. Son la delgada línea que separa el fuego de las viviendas, los cultivos, los animales y las vidas humanas.

Su trabajo exige preparación, disciplina y valentía, pero también renuncia. Mientras la mayoría huye del peligro, ellos caminan hacia él. Mientras las familias se abrazan en los centros de acogida, sus propias familias esperan una llamada que confirme que continúan a salvo.

No hay palabras suficientes para pagar esa entrega.

Fran Santana representa a todos ellos. Su muerte recuerda que la defensa del monte no es una abstracción administrativa. Puede exigir el precio más alto. Recordarlo no debe limitarse a colocar su nombre en una placa. Significa proteger a quienes hoy realizan aquel mismo trabajo, escuchar su experiencia y proporcionarles medios, formación, estabilidad y reconocimiento.

Una plegaria por España

Hoy La Palma puede mirar hacia los pueblos que sufren en Madrid, Ávila, Toledo, Guadalajara, Castellón y otros lugares de España y decirles con verdad: sabemos lo que estáis viviendo.

Sabemos lo que significa marcharse dejando atrás animales, fotografías, recuerdos y una vida construida durante décadas.

Sabemos también que llegará el día del regreso. Que habrá campos negros, paredes derrumbadas y árboles convertidos en esqueletos. Pero sabemos que una comunidad puede reconstruirse cuando permanece unida.

Desde esta isla que ha conocido incendios, volcanes, temporales y sequías, elevamos nuestra plegaria a Nuestra Señora de las Nieves.

Que su mirada maternal se vuelva hoy hacia todos los montes de España.

Que acompañe a las familias desalojadas y consuele a quienes han perdido sus hogares, sus cultivos o sus animales.

Que proteja a los bomberos, brigadistas, agentes forestales, pilotos, militares, policías, guardias civiles, sanitarios, voluntarios y trabajadores públicos que combaten el fuego.

Que sostenga a quienes llevan días sin descansar.

Que reciba a quienes hayan entregado su vida en el cumplimiento de su deber.

Y que nos enseñe que pedir ayuda al cielo nunca puede significar desentendernos de la tierra.

Porque la mejor rogativa será siempre una oración acompañada de responsabilidad; la mejor promesa, cuidar nuestros montes; y el mejor homenaje a quienes extinguen los incendios, evitar con nuestra conducta que tengan que enfrentarse a ellos.

Cuando el fuego amenaza, La Palma mira a la Virgen de las Nieves.

Pero junto a la Virgen contempla también las manos ennegrecidas de quienes luchan contra las llamas.

Y en esas manos cansadas, heridas y valientes reconoce igualmente la respuesta de Dios.

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