“Y a ti una espada te atravesará el alma” (Lc 2,35).
En el corazón montañoso de La Palma, donde el cielo parece siempre estar a punto de bendecir la tierra con su luz, se celebra cada Domingo de Resurrección una de esas tradiciones que no necesitan publicidad para sobrevivir: basta el fervor, la memoria viva y el paso solemne de los siglos. En Tijarafe, la Semana Santa no se disuelve con el silencio del Sábado Santo, sino que se sublima con un gesto que encierra todo un misterio: el Encuentro.
✨ Una carrera que anuncia la vida
No hay altavoces ni fuegos artificiales. Lo que hay es una figura joven que corre, y en esa carrera no va el cuerpo de San Juan, sino su alma, que lleva la noticia más radical jamás oída: “Ha resucitado”.
La imagen del evangelista, ligera sobre sus andas, se precipita por las calles del pueblo como un relámpago que parte la noche de la muerte. Su destino: una Virgen vestida de negro, aún traspasada por el puñal del Viernes Santo, aún suspendida en el dolor de la espera.
El pueblo contiene el aliento. La Madre y el Hijo están a punto de mirarse, y en ese instante, todo lo demás pierde sentido.
🤍 El gesto que rompe el duelo
El Encuentro no es solo una representación. Es una liturgia popular con alma, donde cada paso tiene un peso, y cada gesto, un eco profundo. Cuando la Virgen ve a su Hijo resucitado, no corre: hace tres reverencias. No son simples inclinaciones, sino un descenso lento y reverente, como quien atraviesa el umbral entre el sufrimiento y la gloria.
En la tercera reverencia, alguien le retira el puñal clavado en su pecho. No se trata solo de una imagen piadosa: es un acto teológico, una declaración de victoria, una resurrección en la propia entraña de la Madre.
Campanas, flores y tambores acompañan este momento como si el cielo mismo aplaudiera en voz baja. Tijarafe, en ese instante, no es un municipio: es Jerusalén, es el sepulcro vacío, es la alegría que se hace cuerpo.
🌺 La vigilia de los pétalos
La víspera, durante la noche del Sábado Santo, el pueblo se prepara con un rito aún más sorprendente: el Aleluya. El templo se encuentra en tinieblas, y de pronto, cuando llega el “Gloria”, se enciende la luz, explota el tambor, y un grupo de jóvenes entra en tropel lanzando pétalos como si fueran lenguas de fuego sobre la asamblea.
Es una escena difícil de narrar sin recurrir a la poesía. El gesto, que podría parecer simplemente festivo, es en realidad una epifanía de júbilo, una celebración pascual sin discurso, pero con una elocuencia que las palabras no alcanzan.
💫 Una tradición que no necesita escenario
Lo que ocurre en Tijarafe no es teatro. Nadie actúa. Todos participan. La gente no va a ver; va a recordar, a esperar, a vivir. Cada paso de la Virgen, cada campanada, cada pétalo, es una forma de decir: “Esto no es leyenda, es fe encarnada”.
Quizás por eso esta tradición no necesita marketing, ni trending topics. Sobrevive porque la verdad no necesita adornos. Porque en Tijarafe, cada Resurrección es una posibilidad renovada de creer que el amor vence a la muerte, y que hay gestos tan hermosos, tan simples, tan cargados de sentido, que uno no puede sino arrodillarse —aunque sea con la mirada— y agradecer que sigan existiendo.

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