Aquí puedes escuchar a Alexis Hernández entrevistando a Juan Cavallé para el programa de La Radio Canaria "Viva mi gente".
Aquí puedes escuchar a Alexis Hernández entrevistando a Juan Cavallé para el programa de La Radio Canaria "Viva mi gente".
El primero fue un prodigio visual: una réplica del retablo mayor de la iglesia de Tijarafe, datado en 1628 y obra del maestro Antonio de Orbarán, se alzó en ese rincón sagrado como si el tiempo se plegara a los afectos. Esta arquitectura efímera fue concebida en estrecha colaboración con Luis Morera, cuya sensibilidad plástica se entrelazó con la visión musical de Cavallé para crear no solo un decorado, sino un auténtico acto de amor a la tradición insular.
Pero la verdadera elevación del espíritu llegó con el segundo obsequio: una nueva Loa de Salutación a Nuestra Señora, compuesta por el propio Juan Cavallé como un cántico de bienvenida cargado de esperanza y gratitud. Esta obra se convirtió en un hito sonoro dentro de la programación, al ser interpretada por la Orquesta Sinfónica Insular de La Palma, nacida en el seno fecundo de la Escuela Insular de Música, institución dirigida por María Goreti, verdadera artífice del florecimiento musical de la isla.
En el podio, con la elegancia de quien entiende que dirigir también es orar, Pepetoni Tamarit guió la ejecución de la Loa como si esculpiera el silencio, haciendo que cada nota rozara el alma de los presentes.
Porque en esta isla donde lo sagrado se baila, se canta y se esculpe, también se ofrece en forma de música para honrar a la Señora de las Nieves que desciende entre su pueblo.
Colaboradores del retablo:
- Juan, escenografia.
- Jesús Cavallé, escultor y pintor,.
- Nathan Teusch, ensamblaje restauración y arreglo floral.
- Luis Morera, pintura.
Artistas, cada uno en su especialidad, sin los que este sueño no hubiera podido hacerse realidad.
El sábado por la tarde, el Real Santuario Insular acogió a centenares de peregrinos que asistieron a la Eucaristía presidida por el obispo, monseñor Eloy Santiago, en una ceremonia acompañada por la música tradicional de la Agrupación Folklórica Arrieros. Finalizada la celebración, dio comienzo la procesión de Bajada de la imagen en su histórico Sillón de Viaje, recorriendo los antiguos caminos reales de la Cruz del Fraile, El Planto y La Encarnación.
Uno de los momentos más emotivos de la tarde se vivió en la plaza de El Planto, donde la escritora y Premio Canarias de Literatura, Elsa López, recitó un poema escrito para la ocasión, un canto íntimo y palmero a la Virgen. A partir de ese punto, se incorporó a la comitiva la Banda Municipal de Música San Miguel, dirigida por José Gabriel Rodríguez, con la colaboración de Diego Arrocha.
El momento culminante de la jornada llegó a las 20:30 h., cuando la imagen de la Patrona fue recibida oficialmente en la Plaza de la Encarnación por el obispo, miembros del clero y representantes de las distintas instituciones. El alcalde de Santa Cruz de La Palma, Asier Antona, dirigió unas palabras de saludo, seguidas por una alocución vibrante del arzobispo de Sevilla, José Ángel Saiz. El párroco de La Encarnación, José Anselmo Pérez, fue el encargado de presentar a los intervinientes.
A continuación, tuvo lugar el estreno absoluto de la Loa de Salutación “Regocíjate”, con letra y música del compositor palmero Juan Cavallé, interpretada por la Orquesta y el Coro Infantil y Juvenil de la Escuela Insular de Música, bajo la dirección de Pepetoni Tamarit. La dirección coral estuvo a cargo de Milagros Martín. El escenario fue un retablo efímero, inspirado en la parroquia de Nuestra Señora de Candelaria de Tijarafe, creado por Juan Cavallé Cruz y Luis Morera, con la colaboración del ayuntamiento de Tijarafe.
Ya entrada la noche, en el templo de La Encarnación, se celebró la Eucaristía de bienvenida, presidida por el consultor del Dicasterio para las Iglesias Orientales, Salvador Aguilera, con música del coro parroquial de San José. El templo permaneció abierto hasta medianoche para acoger a los fieles.
La jornada dominical comenzó con la tradicional “entrada triunfal de la Virgen en la ciudad”. A las 7:30 h., se celebró la Santa Misa en la parroquia de La Encarnación, presidida por José Anselmo Pérez y cantada por el coro parroquial de Calcinas. Paralelamente, desde las casas consistoriales partió la procesión cívica del Pendón Real de Santa Cruz de La Palma.
A las 8:30 h., el presidente del Gobierno de Canarias, Fernando Clavijo, asumió el papel de representante del Rey y encabezó el recibimiento oficial a la Virgen. La imagen fue conducida en procesión por el itinerario tradicional, y en su paso por el barranco de las Nieves, se representó el simbólico diálogo entre el Castillo y la Nave, obra del poeta Antonio Rodríguez.
En torno a las 11:15 h., se interpretó la Loa de Recibimiento en la Plaza de España, a cargo del coro oficial de la Bajada, en un ambiente marcado por el silencio devoto y la emoción colectiva. Seguidamente, en la iglesia de El Salvador, se celebró la Eucaristía pontifical, presidida nuevamente por el arzobispo José Ángel Saiz.
La intensa jornada culminó por la tarde con una nueva celebración eucarística en El Salvador a las 19:00 h., también presidida por el prelado hispalense, tras la cual se realizó la procesión de la Virgen por las calles del centro de Santa Cruz de La Palma, envuelta en un ambiente de fervor popular, flores y plegarias.
Con esta celebración, La Palma revivió el alma de su pueblo: una fe que no envejece, una cultura que se renueva, y un amor a la Virgen de las Nieves que sigue siendo, diez años después, más fuerte que nunca.
El palmero no se retira a la soledad para orar: sale a la calle con el alma desnuda y la fe encendida. En medio del gentío, se abre paso la plegaria. En cada paso acompasado, se entreteje el recuerdo de los que no están. En cada gesto mínimo —una flor ofrecida, una mirada al cielo, una vela en la ermita—, la espiritualidad palmera se revela en su forma más genuina.
Muchos acuden descalzos. Otros cargan sobre los hombros sus promesas.
Hay quien repite un rosario con los labios apenas movidos, y quien guarda silencio mientras sus ojos lloran.
Algunos caminan con estampas antiguas entre las manos, gastadas de tanto tocarse.
Otros no tienen palabras: solo un nombre en el corazón, o una intención que no se atreve a decirse.
Y todos son escuchados.
Porque en esta peregrinación, no importa tanto el decoro como la verdad del alma.
La Virgen, Madre de la isla, entiende el lenguaje de las rodillas, de los suspiros, de las heridas que no cicatrizan.
Más allá del desfile y de las calles adornadas, la Bajada es también una geografía del alma.
El palmero que peregrina hacia El Santuario no solo atraviesa caminos de piedra, sino también pasajes internos: la gratitud, la pérdida, la esperanza, la fragilidad, la fe que se tambalea y se rehace.
Cada visita al camarín es distinta, pero todas tienen algo en común: un estremecimiento profundo, un “gracias” o un “ayúdame” que se dice sin voz, porque ya ha sido oído.
Durante la Bajada, las familias se reencuentran en lo esencial.
Se come juntos. Se reza como antes. Se recuerdan los consejos de los mayores. Se despierta en los niños una piedad antigua, sin imposición, solo con el testimonio.
Es la comunión eclesial hecha carne en mesas compartidas, en bancos de iglesia que se llenan sin convocatorias, en abrazos que no necesitan palabras.
Y en ese tejido de relaciones recuperadas, la Virgen vuelve a ser Madre no solo del Cristo, sino también del pueblo que se sabe suyo.
No todos lo comprenden. Algunos miran desde fuera y no entienden cómo puede haber espiritualidad en medio del gentío, la música y el calor.
Pero el palmero sabe que Dios no se esconde del ruido humano, sino que lo habita, lo transforma, lo santifica.
Porque la Virgen baja, no para ser contemplada en soledad, sino para abrazar a su pueblo donde está: en las plazas, en las casas, en el polvo del camino.
Y ese gesto lo cambia todo.
Las Pandorgas, los Mascarones, las Danzas Romeras, las Carrozas, los diálogos teatrales y hasta los estallidos de papel de colores no son añadidos folclóricos ni meros entretenimientos. Son el lenguaje secreto del pueblo, que sabe decir sin decir, representar sin explicar, conmover sin predicar.
Aquí va, pues, una pequeña hermenéutica de esos gestos mínimos que, sin embargo, tejen con hilos invisibles la gran trama de la Bajada.
A primera vista, podrían parecer bufones, muñecos desproporcionados, figuras grotescas. Pero los Mascarones son más antiguos y más sabios que muchas liturgias. Representan el exceso humano, el ego inflado, la deformidad del yo sin gracia. Y por eso bailan, se agitan, parodian… para luego rendirse.
Porque su función no es burlarse de lo sagrado, sino recordarnos que la risa también puede ser un camino hacia la verdad. Y que ante la Virgen no cabe máscara alguna que no acabe cayendo.
Las Pandorgas, con sus colores, sus bastones, sus papelillos, son como cometas amarradas a la tierra por la alegría infantil. Son el lenguaje de los pequeños, que no entienden aún la solemnidad, pero ya intuyen la belleza. No tienen discursos. No saben salmos. Pero bailan.
Y con eso basta. Porque en ellas la Bajada se vuelve promesa, semilla de devoción futura. Y el pueblo, en su sabiduría, las ha convertido en procesión paralela, en desfile del candor.
En los caminos, en las plazas, en las estaciones del alma que se abren al paso de la Virgen, se ejecutan las Danzas Romeras. No son coreografías vacías. Son coreografías habitadas.
Cada paso evoca una memoria. Cada giro remite a una promesa. Cada pareja que baila bajo los pañuelos alzados está diciendo, sin palabras, que la alegría también puede ser una forma de ofrenda.
No hay en ellas frivolidad. Hay devoción corporal, alegría litúrgica, una espiritualidad danzante que no cabe en los libros, pero sí en la piel.
Los carros que se alistan con meses de antelación. Los personajes que encarnan figuras bíblicas, costumbristas o celestiales. Todo eso que muchos clasifican como "folclore" forma parte de una liturgia expandida, donde la calle es templo y el pueblo se convierte en actor, sacerdote y fiel a la vez.
Aquí cada objeto habla, cada traje es un símbolo, cada animal representa algo más que sí mismo. No es teatro: es catequesis escénica en clave palmera, en la que lo sagrado y lo profano se saludan sin conflicto, como en los antiguos autos sacramentales.
Puede parecer osado decir que el confeti que estalla en las Pandorgas o los papelillos de colores lanzados por las calles son teología. Pero lo son. Porque hablan del alma que quiere multiplicarse en alegría, del gozo que no se contiene, de la fiesta como sacramento popular.
Si la liturgia es el “juego serio” de la Iglesia, los actos menores son su contrapunto poético. Y en esa poética humilde, el pueblo dice lo que el rito aún no alcanza a pronunciar.
Hoy descendemos, no por la Calzada de la Bajada, sino por las capas simbólicas de su iconografía sagrada, para descubrir lo que sus rasgos, su atuendo y su historia nos dicen… sin decirlo.
La talla original de la Virgen es una escultura de candelero del siglo XV, de estilo gótico tardío, aunque profundamente reelaborada en siglos posteriores. Su fisonomía actual no responde al canon barroco que domina tantas imágenes marianas del ámbito hispánico.
No hay exageración de dulzura, ni afán de seducción, ni artificio.
Su rostro es sereno, ovalado, quieto, casi hierático.
Y precisamente por eso conmueve: porque transmite autoridad maternal sin dureza, realeza sin orgullo, ternura sin artificio.
Sus ojos, de párpado caído, no buscan impresionar. Buscan contener. Y en esa contención, habita una fuerza espiritual antigua, como si supiera lo que nadie dice.
A lo largo de los siglos, la Virgen de las Nieves ha sido revestida con mantos de terciopelo, brocados, sedas bordadas en oro fino, donaciones reales y promesas anónimas. Cada manto cuenta una historia: la de quien lo ofreció, la de la comunidad que lo veneró, la de la isla que lo celebró.
Pero su vestidura no es puro ornamento. Es lenguaje. Es mensaje. Es símbolo.
Los colores varían según los ciclos litúrgicos o festivos. Los bordados no son capricho decorativo: contienen florones eucarísticos, estrellas de María, monogramas cristológicos, motivos naturales que aluden a su maternidad gloriosa.
Y en el centro de todo, el Niño. Siempre sobre su brazo derecho. Siempre como foco.
Porque ella no se exhibe a sí misma: ella presenta. Ella lleva. Ella entrega.
La imagen fue solemnemente coronada canónicamente en 1955, tras siglos de veneración creciente. Aquella coronación —que no es un gesto estético, sino un acto eclesial de reconocimiento litúrgico y teológico— declaró públicamente lo que ya el pueblo sabía desde hacía siglos:
Que María reinaba, no desde un trono, sino desde la fe del pueblo que la amaba.
La corona actual, rica en metales preciosos y engastada de piedras, no es símbolo de poder, sino de vínculo: la Virgen no impone su realeza, sino que la ejerce desde la cercanía.
Y en cada Bajada, cuando esa corona baja entre música y lágrimas, el cielo se inclina con ella.
Como toda imagen antigua, la Virgen ha pasado por diversas restauraciones. Algunas fueron meramente conservadoras; otras —como la del siglo XX— modificaron elementos secundarios de su fisonomía o postura.
Sin embargo, la esencia devocional se ha mantenido intacta. Porque ninguna intervención sobre la madera ha sido tan fuerte como la que el corazón del pueblo palmero ha hecho sobre ella.
El paso del tiempo no la ha desgastado. La ha transfigurado.
Todo en la Virgen de las Nieves habla sin palabras:
Su rostro sereno, de madre que guarda todo en su corazón.
Sus manos sostienen una rosa dorada, como símbolo de la belleza que Ella misma encarna.
Sus pies, invisibles bajo el manto, que recuerdan que María camina con su pueblo, no se eleva sobre él.
El Niño en su brazo, que no bendice con gesto triunfal, sino que mira como quien busca al que le espera.
No hay teatralidad. Hay presencia.
No hay espectáculo. Hay sustancia.
Es la Virgen de las cumbres que baja sin ruido y reina sin alarde.
En tiempos de imágenes efímeras y mensajes volátiles, la Virgen de las Nieves permanece.
No porque no cambie, sino porque su belleza está anclada en lo eterno.
Ella no responde a las modas del arte. Ella responde a las formas del alma.
Y cada vez que el pueblo la mira, la besa, la borda, la canta o la lleva en andas, está diciendo —sin palabras— que una imagen puede ser, también, una Eucaristía en madera: presencia, memoria y promesa.
Es el entramado de mujeres que, desde los bastidores de la historia, han sostenido con delicadeza y firmeza una de las tradiciones más bellas del Atlántico.
No son figurantes: son fundamento. Y su presencia, aunque a menudo omitida de los discursos oficiales, late con fuerza en cada pliegue del manto, en cada bordado, en cada ensayo y en cada lágrima que baja por las calles empedradas de Santa Cruz de La Palm
Detrás de los trajes que visten a la Virgen, a sus danzarines y a sus heraldos, hay agujas que han bordado letanías con hilo de oro.
Las mujeres bordadoras de La Palma —muchas veces sin nombre en los programas— han creado verdaderas catequesis visuales. Cada puntada suya es un acto de oración. Cada encaje, una meditación sobre el misterio.
Ellas no sólo visten la imagen: le dan carne simbólica, le ofrecen abrigo de amor y silencio.
En las Danzas Romeras, en las comparsas, en las callejuelas donde suena el tajaraste, ellas danzan con los pies y con la memoria.
Muchas han sido niñas que aprendieron de sus madres, y hoy enseñan a otras a deslizar los pasos como quien enseña un modo de habitar la historia.
La mujer danzante no solo ejecuta coreografías: celebra una identidad, transmite una gracia antigua que aún sabe sonar.
Sin ellas no habría horarios, ni listas, ni ensayos, ni meriendas comunitarias, ni mantillas en su sitio, ni logística que sostenga una tradición tan compleja.
Son las que saben quién falta, qué falta, cuándo falta. Son las que hacen llamadas, llevan bolsas, atan cintas, calman ánimos.
Su eficiencia es discreta, pero su impacto, descomunal.
Podría decirse que la Bajada ocurre gracias a quienes logran que “todo esté como debe estar”... sin que nadie note cómo ha ocurrido.
Aunque históricamente los créditos musicales han estado dominados por nombres masculinos, cada vez más mujeres componen, armonizan, dirigen coros o escriben letras para la Virgen.
Pero incluso antes de esa visibilidad creativa, ya componían silencios sagrados desde el cuidado, desde la intimidad, desde la preparación de lo que nadie ve.
Son ellas quienes, sin partitura, saben cuándo la emoción sube medio tono o cuándo la devoción cae en pianissimo.
Ellas afinan la atmósfera.
La devoción a la Virgen no llega sola: se enseña, se cuenta, se canta, se susurra en la cocina o en la cuna.
Las mujeres han sido —y siguen siendo— las principales transmisoras de la fe popular en la Bajada.
Una abuela que habla de su promesa. Una madre que borda un pañuelo con lágrimas. Una catequista que explica por qué María baja.
Así se enciende el fuego que no muere, porque no se impone: se ofrece.
Cuando la Virgen baja, lleva una corona visible. Brilla, pesa, emociona.
Pero hay otra corona más honda: la que le han trenzado las mujeres palmeras con su constancia, su ternura, su entrega sin espectáculo.
No hay Bajada sin ellas.
Porque ellas la sueñan, la preparan, la cuidan, la danzan y la heredan.
Cada vez que la Virgen cruza las calles, no va sola.
Va sostenida por una legión de manos calladas,
por las que están y por las que estuvieron,
por las que hicieron del servicio un arte y del amor, una herencia.
No es sólo una imagen que baja del monte. Es un signo que desvela la verdad profunda de la fe cristiana: Dios no se queda donde está. Dios desciende. Y lo hace por medio de María, figura materna, puente, monte florido, aurora que abre paso a la Encarnación.
Desde el Santuario en la montaña —refugio de la Virgen durante el lustro— hasta el centro vital de la ciudad, la Bajada dibuja una parábola geográfica que encierra una parábola espiritual.
Es el cielo que se inclina. La altura que se entrega. La gloria que elige tocar tierra.
El gesto físico de bajar la imagen no es decorativo: es performativo. Hace visible lo que Dios hace en cada página del Evangelio: se abaja, se inclina, se pone en camino. “Ha mirado la humildad de su esclava…” (Lc 1,48). Desde esa mirada hacia abajo comienza toda historia de salvación.
Cada Bajada es, en cierto modo, una recreación simbólica del misterio de la Visitación. María, al saber que su prima Isabel está encinta, “se puso en camino de prisa a la montaña” (Lc 1,39). La Virgen palmera hace lo mismo: desciende en busca del pueblo, de sus hijos, de aquellos que la esperan con júbilo y con sed.
La isla, entonces, se convierte en un nuevo Ain Karem. El pueblo, como Isabel, reconoce su llegada con alegría incontenible. Y la imagen, cargada sobre hombros, pasa casa por casa, calle por calle, como si el Magnificat se hiciera carne una vez más, cantado con pañuelos, con danzas, con lágrimas.
La teología cristiana no pone a Dios arriba como inaccesible, sino como Altísimo que se hace humilde. Y la Bajada recuerda que la santidad no es ascensión orgullosa, sino descenso amoroso.
María baja porque es la primera en aprender a abajarse. Su fiat no fue un sí hacia la altura, sino un sí hacia la entrega. Por eso es figura de la Iglesia: porque no se impone, sino que se inclina; no conquista, sino que visita; no domina, sino que acoge.
En cada palmero que prepara balcones, arregla altares o ensaya una danza, hay una respuesta a esa humildad que baja primero. La Virgen no viene a ser adorada: viene a estar con su pueblo, a compartir la vida concreta, las casas reales, el polvo de las calles. Por eso se la recibe como a una madre que regresa, no como a una reina lejana.
La Bajada se repite cada cinco años, y sin embargo, no hay dos iguales. Porque no se trata de repetir un rito, sino de dejarse tocar de nuevo por su sentido. El tiempo litúrgico, que no es circular sino espiral, hace que cada Bajada hable distinto: a veces consuela, otras remueve, otras renueva.
Es como si Dios dijera: “no olvides que Yo bajo hasta ti, y que Mi Madre viene contigo en el camino.”
A través de esta fiesta única, La Palma ha sabido incorporar a su cultura un dogma viviente: que María no es una figura estática, sino una presencia dinámica, caminante, viva. La Bajada no es folclore, aunque florezca en lo popular; ni es solo devoción, aunque nazca de la fe.
Es una catequesis en movimiento, una mariología que se baila, se canta, se borda y se levanta en andas.
Cada cinco años, la Virgen baja. Y el pueblo se eleva.
Cada lustro, cuando la Virgen de las Nieves baja desde su santuario para visitar la ciudad de Santa Cruz de La Palma, los Enanos emergen del imaginario ritual con una fuerza que asombra y conmueve a quienes los contemplan por primera vez. No hay turista que no quede boquiabierto. No hay palmero que no se estremezca.
El acto de los Enanos no es un desfile, ni una coreografía, ni un sainete. Es una metamorfosis danzante. Durante la madrugada, unos hombres ataviados como eruditos del Siglo de las Luces interpretan una Loa culta, intelectual, casi ceremoniosa. Pero al caer el telón, ocurre lo inverosímil: desaparecen un instante, y cuando reaparecen, lo hacen transformados en personajes grotescos, de cuerpos diminutos y cabezas enormes, bailando una polca frenética que desafía el juicio y la lógica.
Lo que asombra no es solo la velocidad del ritmo, sino el enigma de cómo se produce la transformación. El secreto —celosamente guardado— ha sido parte del encanto durante más de un siglo. La isla lo conoce, pero no lo divulga: es su pacto tácito con la maravilla.
Aunque su forma actual se fijó en el siglo XX, el origen de la Danza de los Enanos remonta su linaje a 1867, cuando se estrenó en el marco de las Fiestas Lustrales una pieza teatral llamada La Verdad. En ella, un grupo de sabios se transformaban en enanos para transmitir, a través del humor y la sátira, críticas sociales y reflexiones populares. Fue tal el éxito, que aquel efecto escénico se convirtió en una tradición por sí misma. A partir de ahí, la fórmula se consolidó: cada edición presenta un vestuario distinto, una loa inédita, y siempre la misma euforia cuando empieza a sonar la polca.
El número de enanos varía —doce, catorce, dieciocho, veinticuatro— y el diseño del disfraz se renueva con cada Bajada, convirtiéndose en una suerte de espejo simbólico del tiempo que atraviesa la isla. Los temas son tan diversos como los trajes: ha habido enanos faraones, astrónomos, campesinos, caballeros, obreros, abejas, guanches, monjes y hasta ángeles. Pero todos comparten el mismo espíritu: una sabiduría que se disfraza de inocencia, y una alegría que enmascara un mensaje.
La Danza de los Enanos no puede disociarse de su atmósfera: la oscuridad de la noche palmera, el olor a mar mezclado con perfume de tradición, el murmullo del público en las gradas, la espera cargada de emoción. Y luego, el estallido: la música, el salto, la carcajada, la belleza.
Es un acto de comunión popular, una liturgia pagana y sagrada al mismo tiempo, en la que lo grotesco se vuelve sublime, y la máscara se convierte en revelación.
No en vano, la Danza de los Enanos ha sido declarada Bien de Interés Cultural, y es candidata a ser reconocida como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Lo merece, no solo por su antigüedad, sino por su capacidad para hacer del asombro una herencia viva.
Quizá el secreto de los Enanos no sea tanto cómo se hacen, sino por qué seguimos necesitándolos. En un mundo que corre, que finge, que olvida, los Enanos nos recuerdan que la sorpresa aún es posible. Que la tradición, cuando está viva, no es repetición, sino renacimiento.
Y así, La Palma —noble, discreta, antigua— cada cinco años nos lanza su desafío: “Si quieres entendernos, ven y baila con nosotros… aunque sea desde la grada.”